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LA CASA DE LOS MIL SUEÑOS Y EL ÚLTIMO BESO
Siempre he pensado que esa casa se merecía una buena historia, una de esas de leer de un tirón, de las que te tienen enganchado de la primera a la última página, de las que dice Ojazos que la cuesta despedirse. A veces me quedaba observándola desde la acera de enfrente. Es vieja, surcada de arrugas sus terrazas en forma de grietas, y en cada grieta un sueño que se quedó enganchado allí mientras dormían en ella. Tiene muchas grietas, así que quizás fueron mil sueños, o dos mil, o tres millones. Que alguien me enseñe a contar sueños. Un amor imposible entre vecinos, sellado por miradas de rellano y de soslayo en la escalera. Envidias traicioneras entre el cuarto y el segundo por un quítame allá esas luces que no encienden. Cientos de pasiones en sus camas, de rutinas, de ya está la cena y quítame la mesa, plánchate la camisa y plánchatela tú si es que eres tan hombre, a mi no me hables así, yo te hablo como me sale de los ovarios… Y hay una maleta más en la puerta y un inquilino menos en la escalera, y Doña Rosa aprenderá a vivir sola, y a enseñar a coser y a coser para la señora de la casa grande esquina Goya, hasta que la duelan los dedos de tanto intentar llenar la olla los días de diario y a invitar a sus hijos a una cañita (ella una clara con limón) los fines de semana. Y está el chico del tercero, el que supo que le gustaban los hombres el mismo día que aquel policia de ojos imposibles le pidió el carnet en el portal y un beso en el descansillo, aunque eso significo que Conchita le viera y tuviera que irse. Porque su madre lo entendía, pero el nunca había soportado verla llorar. Y aquel chileno del último piso, que decia que había sido amigo de Neruda y secretario de Allende, y que doblaba las esquinas casi por arte de magia, porque decía que así se habían llevado a sus amigos, y que de cualquier esquina te podía venir un billete al Estadio. Y él podia tener alma de poeta, pero no de futbolista. Mil sueños, mil risas cada mes, un kilo de abrazos al dia, más lágrimas de las que una sola persona pudiera soportar, y por eso si alguien lloraba, parecían ponerse tristes todos. Todo esto es mentira, o verdad, no lo se. Sólo se que sus arrugas me dicen que es viejo y que está cansado. Y quiero pensar que le ha merecido la pena pasarse por aqui.
Y pensar también que antes que la derriben para hacer otro edificio, que vivirá de otra forma pero no tendrá terrazas y si mucho cristal, con piscina cubierta, garaje y cámara en el portero, que volverán allí la pareja del segundo derecha, José y Carmina, y se pondrán como yo a mirar la que fue su casa de los sueños y de sus hijos, y se darán el último beso delante del portal, de esos apasionados que sólo sabia dar el Gary Grant o a lo sumo Gary Cooper, y se lo dedicarán a las arrugas que son las mismas que aparecen en su caras.

LA CASA DE LOS MIL SUEÑOS Y EL ÚLTIMO BESO

Siempre he pensado que esa casa se merecía una buena historia, una de esas de leer de un tirón, de las que te tienen enganchado de la primera a la última página, de las que dice Ojazos que la cuesta despedirse. A veces me quedaba observándola desde la acera de enfrente. Es vieja, surcada de arrugas sus terrazas en forma de grietas, y en cada grieta un sueño que se quedó enganchado allí mientras dormían en ella. Tiene muchas grietas, así que quizás fueron mil sueños, o dos mil, o tres millones. Que alguien me enseñe a contar sueños. Un amor imposible entre vecinos, sellado por miradas de rellano y de soslayo en la escalera. Envidias traicioneras entre el cuarto y el segundo por un quítame allá esas luces que no encienden. Cientos de pasiones en sus camas, de rutinas, de ya está la cena y quítame la mesa, plánchate la camisa y plánchatela tú si es que eres tan hombre, a mi no me hables así, yo te hablo como me sale de los ovarios… Y hay una maleta más en la puerta y un inquilino menos en la escalera, y Doña Rosa aprenderá a vivir sola, y a enseñar a coser y a coser para la señora de la casa grande esquina Goya, hasta que la duelan los dedos de tanto intentar llenar la olla los días de diario y a invitar a sus hijos a una cañita (ella una clara con limón) los fines de semana. Y está el chico del tercero, el que supo que le gustaban los hombres el mismo día que aquel policia de ojos imposibles le pidió el carnet en el portal y un beso en el descansillo, aunque eso significo que Conchita le viera y tuviera que irse. Porque su madre lo entendía, pero el nunca había soportado verla llorar. Y aquel chileno del último piso, que decia que había sido amigo de Neruda y secretario de Allende, y que doblaba las esquinas casi por arte de magia, porque decía que así se habían llevado a sus amigos, y que de cualquier esquina te podía venir un billete al Estadio. Y él podia tener alma de poeta, pero no de futbolista. Mil sueños, mil risas cada mes, un kilo de abrazos al dia, más lágrimas de las que una sola persona pudiera soportar, y por eso si alguien lloraba, parecían ponerse tristes todos. Todo esto es mentira, o verdad, no lo se. Sólo se que sus arrugas me dicen que es viejo y que está cansado. Y quiero pensar que le ha merecido la pena pasarse por aqui.

Y pensar también que antes que la derriben para hacer otro edificio, que vivirá de otra forma pero no tendrá terrazas y si mucho cristal, con piscina cubierta, garaje y cámara en el portero, que volverán allí la pareja del segundo derecha, José y Carmina, y se pondrán como yo a mirar la que fue su casa de los sueños y de sus hijos, y se darán el último beso delante del portal, de esos apasionados que sólo sabia dar el Gary Grant o a lo sumo Gary Cooper, y se lo dedicarán a las arrugas que son las mismas que aparecen en su caras.

 
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