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UN ÚLTIMO ENCARGO
El cigarrillo rubio se consume en el cenicero. La mirada también, perdida en el escenario donde el pianista toca una canción perdida. Su dueño jamás la encontraría allí. La luz no merece ese nombre y el humo podría ser teñido para hacer cortinas. De castillo. De telón. Está seguro que alguien está llorando en algún rincón. Es un buen sitio para esconderse. Quizás por eso le gusta tanto. La persona más cercana está a menos de dos metros de distancia y a mil pensamientos de sus brazos. El whisky es malo, pero él nunca ha entendido de whiskys. Siempre ha entendido de miradas. Miradas duras pero quebradizas. Miradas de “no dispares”. Miradas clavadas una a una. Suena otra canción perdida. Lo mismo no sería mala idea disparar al pianista, y que las canciones escaparan buscando a sus dueños. Sonrie pensando la cara que pondrían al abrir la puerta y descubrir a la canción que perdieron hace tantos años. Una vez observó la última mirada de un compositor. La mirada le llevó a una sucia partitura. Quizas la estuviera tocando en su mente. Pero no cree que la hubiera pensado terminando en el sonido de una bala rompiendo su cabeza. Normalmente la calidad del whisky mejora con la cantidad, pero hoy le parece peor segun va terminando los vasos. Alguien se lleva los vacíos y trae otro medio lleno. Debe esconderse detrás de las cortinas de humo. Podría hacer lo mismo con las miradas. Está haciendo tiempo, y sabe que eso no funciona en su trabajo. Es tarde. La muerte pesa en la chaqueta como si tuviera forma de pistola, o quizás debiera pensar la frase del revés. Cuando la toca piensa en lo mucho que le gustaría recordar una mirada limpia, una caricia leve, un café caliente, una tierna sonrisa, una frase amable, un taxista callado, una calle con lluvia, un lento paseo, un amanecer de fiesta, un silencio lleno de palabras o el sencillo olor de un libro recién impreso. Pero sólo está la pistola. Y está claro que es una pistola antisueños. Sabe que es la hora. Es su trabajo, y no puede llegar tarde. Asi que apura el whisky, saca la muerte de su chaqueta y la apoya en la frente pensando que esta vez no sabrá como será la mirada que se lleva por delante la pistola.

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El cigarrillo rubio se consume en el cenicero. La mirada también, perdida en el escenario donde el pianista toca una canción perdida. Su dueño jamás la encontraría allí. La luz no merece ese nombre y el humo podría ser teñido para hacer cortinas. De castillo. De telón. Está seguro que alguien está llorando en algún rincón. Es un buen sitio para esconderse. Quizás por eso le gusta tanto. La persona más cercana está a menos de dos metros de distancia y a mil pensamientos de sus brazos. El whisky es malo, pero él nunca ha entendido de whiskys. Siempre ha entendido de miradas. Miradas duras pero quebradizas. Miradas de “no dispares”. Miradas clavadas una a una. Suena otra canción perdida. Lo mismo no sería mala idea disparar al pianista, y que las canciones escaparan buscando a sus dueños. Sonrie pensando la cara que pondrían al abrir la puerta y descubrir a la canción que perdieron hace tantos años. Una vez observó la última mirada de un compositor. La mirada le llevó a una sucia partitura. Quizas la estuviera tocando en su mente. Pero no cree que la hubiera pensado terminando en el sonido de una bala rompiendo su cabeza. Normalmente la calidad del whisky mejora con la cantidad, pero hoy le parece peor segun va terminando los vasos. Alguien se lleva los vacíos y trae otro medio lleno. Debe esconderse detrás de las cortinas de humo. Podría hacer lo mismo con las miradas. Está haciendo tiempo, y sabe que eso no funciona en su trabajo. Es tarde. La muerte pesa en la chaqueta como si tuviera forma de pistola, o quizás debiera pensar la frase del revés. Cuando la toca piensa en lo mucho que le gustaría recordar una mirada limpia, una caricia leve, un café caliente, una tierna sonrisa, una frase amable, un taxista callado, una calle con lluvia, un lento paseo, un amanecer de fiesta, un silencio lleno de palabras o el sencillo olor de un libro recién impreso. Pero sólo está la pistola. Y está claro que es una pistola antisueños. Sabe que es la hora. Es su trabajo, y no puede llegar tarde. Asi que apura el whisky, saca la muerte de su chaqueta y la apoya en la frente pensando que esta vez no sabrá como será la mirada que se lleva por delante la pistola.